sábado, agosto 6

Inquietud estival

Lucía miró su móvil una vez más. Estaba segura de que ya no llamaría, así que se revolvió inquieta en el sofá. Estaba desganada, tampoco tenía hambre, y no podía ahogar sus penas en el ordenador porque les estaban arreglando la conexión a Internet. Estaba desilusionada, y su hermano Lucas no contribuía, porque le acababa de tirar una almohada en la cabeza y le había llamado vaca burra. Estúpido niñato, él aún no sabía lo que era tener mal de amores. 
Se recostó en el cojín y optó por apartar el móvil de su vista, cuanto más tiempo lo tuviera enfrente, más daño le haría el corazón. Pensó en apagarlo, pero no tenía tanta fuerza de voluntad, por lo que se enchufó sus cascos del iPod y pasó a otro mundo. Su madre estaba preocupada, Lucía estaba adelgazando a una velocidad de vértigo, y si le preguntaban por su vida, respondía escuetamente con falta de interés. Recordó cuando ella misma tenía 17 años, lo mal que lo pasó cuando lo de Rodrigo, así que no le insistió más a su hija y la dejó escuchar esa música que le gustaba ahora a los jóvenes y que a ella le parecía atronadora. 
Pronto fue la hora de la cena, y Lucía se encerró en la habitación, aclarando que tenía el estómago revuelto y estaba cansada. Estuvo escribiendo en su diario hasta la medianoche, pero no podía evitar que mirase de vez en cuando la pantalla de su nokia, aunque luego se reprochaba por hacerlo, por seguir teniendo esperanzas en algo que no merecía más la pena. Mario era historia, se podía ir olvidando de él. Habían sido seis meses maravillosos, pero como ella había aprendido, todo lo que empieza, algún día termina, y lo suyo había acabado hacía apenas unos días. Hoy era su cumpleaños, y Lucía le había felicitado por mensaje a las doce de la mañana, dado que el estúpido router había decidido no ir, y no pudo felicitarle vía tuenti, lo que habría sido más fácil para ella. Y desde las doce llevaba mirando el móvil, como si fuera estúpida.
No había sido coincidencia habérselo mandado a las doce, lo cierto es que a esa hora ella llevaba más de dos horas despierta. El doce de enero se habían dado su primer beso. También fueron doce las veces que habían hecho el amor desde el mes pasado, y doce las tazas del Starbucks que habían robado juntos. Lucía decidió apartar esos pensamientos de su cabeza, que sólo hacían que condenarle a otra noche en vela acompañada de recuerdos no bien recibidos. Cerró los ojos e intentó conciliar el sueño, pero de repente, le empezó a vibrar el móvil. Era un mensaje. Rápidamente y sin pensárselo dos veces, lo abrió, y leyó; Gracias por felicitarme el cumpleaños, hoy el día ha estado muy bien, he metido doce goles y me han regalado el duodécimo disco de Extremoduro, que sé que a ti también te encanta. También han pasado doce días desde que lo nuestro se rompiera por algún motivo que todavía desconozco, y sinceramente Lucía, no puedo vivir sin ti. Nunca te he dejado de querer. Lucía se limpió las lágrimas de los ojos, y pudo ver que eran las doce de la noche, empezaba un doce de agosto caluroso. Ella sonrió para sí y dio las gracias, y pensó que así es como se debería de sentir uno al llorar de felicidad. Para desayunar al día siguiente, se comió doce madalenas, y se fue al Starbucks. Hoy volvería con una taza de regalo.

3 comentarios:

Soñadora Compulsiva dijo...

Me quede re shokeada, por algo similar le paso a una amiga..

Besitos*.*

Mandarina dijo...

Cielos, voy a romper mi regla de ni siquiera atreverme a sugerir a la gente que modifique en algo sus blogs, pero esa letra es diminuta! :( me ha costado leer!

Mandarina dijo...

Si no me odias después de ese comentario puedes pasarte a por un premio en mi blog!