lunes, junio 13

» Los Reyes del Mus.

Adam colgó el telefonillo. Ya estaba aquí. Su último invitado acababa de llegar, y por fin podrían empezar. Entró al salón y los tres huéspedes se sentaron a la mesa, y tras encenderse un cigarrillo y bajar la persiana, dejando la habitación iluminada tan sólo por la lámpara que había comprado en el Ikea la semana pasada, ocupó su sitio.
Comenzaba el juego.
El tapete estaba en su sitio, el cenicero a la izquierda de la mesa, y la baraja de cartas aguardaba allí, intacta, como si estuviera avecinándose lo que ocurriría a continuación.
Y comenzó el juego.
Miradas sospechosas, manos sudorosas, se masticaba tensión en el ambiente. Todos tenían razones para querer ganar y llevarse la pasta, pero ¿quién estaba dispuesto a más?

Adam se sonreía. Él era el más veterano, tenía claro que iba a ganar. Y lo haría por una buena causa, su hija. La pequeña Cristina necesitaba un transplante, y como padre suyo que era, no iba a permitir que su niña se muriese delante de sus ojos. Ganaría ese dinero. Se consideraba el rey del mus y lo iba a demostrar.

Boris miraba con recelo al resto de sus contrincantes. Se tranquilizó a sí mismo, convenciéndose de que sus compañeros no tenían ninguna posibilidad contra él, y volvió al juego. Aún recordaba el día que accedió a formar parte en la partida. Su abuelo, aquel tierno personaje que había depositado en él todas sus esperanzas, que le había enseñado a ser el campeón del mus, había muerto un día antes. A él se lo debía todo. Ganaría el dinero, y pagaría su funeral. Era lo menos que podía hacer.

Tomás dio una última calada a su cigarrillo antes de apurarlo, gesto nervioso que los demás percibieron. Estaba casi seguro de que el dinero ya era suyo, lo intuía. Sin embargo, no lo estaba al cien por cien. Pero era el momento, tendría que concentrarse, pero necesitaba ganar. Su mujer acababa de entrar en prisión, y si no pagaba la fianza, se quedaría allí los próximos veinte años. No iba a permitirlo, tenía que ganar.

Eduardo se irguió en su silla. Había estado calculando minuciosamente todas sus jugadas. Si salía como había previsto, conseguiría el dinero. Quería pagarle la universidad a su hijo, que él alcanzase todo lo que se había propuesto, y que llegase a lo más alto, tal y como a él le hubiera gustado hacer. Sí, estaba hecho, esa partida tenía que ser suya.

La partida parecía que tocaba a su fin.
Cuatro jugadores que querían ganar a toda costa, lo necesitaban. Cuatro jugadores que se lo apostaban todo, el dinero les urgía, no desaprovecharían esa oportunidad.

Y de repente, todo sucedió muy rápido. Hubo un ruido seco, alguien tocó al timbre, y en una fracción de segundo se fue la luz.

Cuando volvió, una gota de sangre manchaba el tapete. No había ni rastro de los jugadores, ni rastro de las cartas.
Y por supuesto, el dinero también había desaparecido…

4 comentarios:

Mandarina dijo...

0_0 sorprendente, va a seguir??

Lu.- dijo...

Oh! Maravilloso, espero que esto siga...

*Besos

Mashi dijo...

Hermoso. Me encantó el nombre de tu Blog "Rompamos todo menos nuestro corazón" Interesante! Un besito reina, te espero por mi blog :) Te sigo

Mandarina dijo...

Digamos que mientras ella iba por la nata, él le ha mangado el vestido para su novia :)