sábado, marzo 26

Z

Zaragoza. Ciudad del viento y de leones, la plaza del Pilar llena de estúpidas palomas que se cagan y revolotean por dónde quieren. Capital de Aragón, madre de la Expo 2008. Dos cortes ingleses llenos de la misma ropa de marca de siempre, un par de stradivarius y pull & bears y un bershka donde ocasionalmente encuentras algo que te gusta. Zaragoza, y con ella la gente, las miradas de reojo, y los estereotipos. Los bares de fiesta, donde en algunos de ellos todavía se fuma, el sex shop en la carretera que pasa para ir a mi colegio. Las calles sin apenas papeleras, el mercado central con su peculiar olor lleno de abuelitas encantadas con la “calidad” del producto. Zaragoza y los cines Palafox, siempre llenos de gente, enfrente de aquel frutosecos sin el que estaríamos todos perdidos. Frío helador en invierno, calor sofocante en verano. Ciudad de contrastes, con pijos y canis por doquier. 
La plaza Aragón, ese sitio donde todo el mundo se saluda y se despide. Las paradas del bus, ahora con contabilizador de minutos para que puedas saber cuánto tiempo te queda de joderte de frío. Zaragoza y sus fiestas del Pilar, cabezudos, conciertos de grupos relativamente conocidos, sangría y cachirulos. Borrachos en pleno paseo Independencia, buses a Interpeñas cada dos por tres, y unas masas de gente que tú no te pensabas que realmente fueran a caber en la entrada a Valdespartera. Zaragoza y sus colegios pijos de uniformes, sus graffitis en la puerta de la casa de alguna familia que esta vez desconoce quién ha sido. Zaragoza y sus obras del tranvía, ese que a mucha gente no le gusta mucho, pues les será difícil separarse de sus adorados buses rojos. Niebla y monotonía, una ciudad pequeña para las amantes de la gran Barcelona. Zaragoza y su carril bici, la plaza San Francisco donde voy a clase de alemán, y el Parque Grande, en el que cada noche miles de niñatos se emborrachan. Un equipo de fútbol echado a perder por culpa de un Agapito odiado y maldecido por todos esos fans, siempre fieles, al Real Zaragoza. El río Ebro, la rivera, y sus botellas de vodka, el chino que nos vende alcohol, y la chocolatería Valor, que vayas a la hora que vayas, hay gente. Zaragoza, sinónimo de rutina y constancia. Siempre igual. Siempre ella. Y yo mientras, con la mente 180 kilómetros al sur.

3 comentarios:

Poppy dijo...

"a plaza del Pilar llena de estúpidas palomas que se cagan y revolotean por dónde quieren"

Lo de las palomas lo tenemos todos en cualquier lugar, jaja.
Es curioso conozco muchas partes de España pero Zaragoza no, siempre decimos "venga este año vamos al Pilar" y se queda en eso. Solo he estado de paso en alguna de sus carreteras de camino a Cataluña, pero con lo entrañable que la describes habrá que ir pronto.

Capitán Dido, de nombre Hund dijo...

Me gusta Zaragoza ;)

Doamna care plânge dijo...

que linda ciudad